avión cartónConozco a muy poca gente, por no decir a nadie, a quien le desagraden los aviones. De una forma u otra es algo que no suele dejar indiferente a nadie, en especial cuando se trata de aviación militar, exhibiciones, competiciones deportivas… Pero en cualquier caso, como ocurre con cualquier temática, hay distintos grados de afición, desde aquel a quien simplemente no le disgusta hasta casos de verdadera adicción. Puede ser bastante común que a alguien simplemente le guste ver algunas fotos por Internet, le gusten las películas de aviación, que acuda a un festival si se celebra cerca de su residencia o que incluso eche un vistazo a algún foro ocasionalmente.Sin embargo en estos casos no será una prioridad y seguramente habrá otras cosas que econtrará más interesantes. Existe otro tipo de casos en los que es complicado catalogar el grado de afición. Estaríamos hablando de verdaderos apasionados de todo lo que vuele, a un nivel en que es difícil distinguir si estamos hablando de afición o adicción. Hablamos de una sensación que pocas cosas llegan a producir. Tal vez sea equiparable a ese “algo” que impulsa a los marinos a regresar al mar, aún cuando ello les mantenga varios meses alejados de sus seres queridos, o la vocación de un misionero que le hace abandonar todo para irse a cualquier rincón perdido del mundo a ayudar a los desfavorecidos. Sea lo que sea nadie termina de definir exactamente qué es, pero sin duda es algo que de una forma u otra termina condiconando la vida de quien lo “padece”. Aerofrikis, aerolocos, aerotrastornados (no me termina de entusiasmar ese apelativo, a pesar de ser el más extendido)… diversos nombres para un mismo mal, que cuanto más se padece más fuerte ataca y del que nadie quiere curarse. Aún cuando la persona llegue a ser piloto, mecánico, ingeniero aeronáutico o la profesión que más le satisfaga, siempre necesitará algo más.

¿Qué síntomas me indican si tengo “la enfermedad”?

Los síntomas pueden ser de lo más variado, es bastante normal que se den casi todos a la vez y en cada paciente se manifiestan de muy distinta forma. Tal vez tu vocación haya llegado de manera algo tardía, de forma que podrías decir con bastante precisión en qué momento descubriste que te apasionaba la aviación (puede ser un vuelo, una exhibición aérea… mil cosas), sin embargo no es nada raro que realmente no sepas cuándo empezó. Posiblemente te haya gustado la aeronáutica desde antes de tener uso de razón, por raro que parezca. Si prefieres el olor a queroseno antes que el Channel nº5… seguramente estés afectado.

cuchara avión

¿Dónde estaba esta cuchara cuando yo tomaba papillas?

Apenas eras capaz de andar o articular palabra cuando ya era algo que te llamaba poderosamente la atención. De vez en cuando escuchabas un ruido sobre tí, veías una raya blanca por el cielo y sólo podías quedarte mirando y señalar hacia arriba.
Creciste un poco más y ya tenías una especial predilección por los aviones de juguete, los cuales mimabas y hacías durar tanto como fuera físicamente posible. Se podían romper otros juguetes, pero si perdías uno de tus avioncitos (aunque fuera de los más simplones y baratos) tu desconsuelo era mayúsculo. Seguías corriendo a la ventana o a la terraza cuando escuchabas un avión, ya empezabas a tener conciencia de si era una avioneta o un avión de pasajeros. No sabías qué eran esas rayas blancas, pero te venía bien saber que al final de ellas siempre había un avión volando altísimo.

Baraja aviones

¿Cuántos la teníais? ¿Hace una partida?

El tiempo pasaba, aún sin edad para plantearte qué serías de mayor, agradecías la vez que te regalaron una simple baraja con aviones y sus características. No tenías ni la más remota idea de qué eran la mayor parte de esas cifras (el número mach sí, que conseguiste encontrarlo en un diccionario), tampoco solías usarla demasiado con tus amigos, a quienes inexplicablemente les gustaba mucho más jugar con los cromos de fúbol, pero cuando lo conseguías era raro que no ganaras la partida, a fin de cuentas te conocías esos datos mucho mejor que las propias tablas de multiplicar. Seguramente todavía conserves esa vieja baraja, ya sucia y manoseada en exceso, por algún cajón.
La adolescencia se acercaba. Todavía no conocías la palabra “spotter” ni sabías manejar una cámara fotográfica, pero por algún motivo te encantaba acompañar a tu padre en el coche, por si casualmente tenía que pasar cerca del aeropuerto. A veces, si sobraba tiempo, incluso accedía a llevarte un rato al bar de la terminal. ¿Quién quería ir a la feria pudiendo tomarse una Mirinda frente a esa cristalera observando la pista? Si además aparecía algún caza, desplegando el paracaídas de frenado al aterrizar, seguramente esa noche no podrías dormir por la emoción.
Hasta el momento todo era normal para tí, sin embargo empezaste a pensar que quizá algo raro ocurría al comparar tu carpeta con las de tus compañeros de clase. Ellos solían pegar fotos de la top model de turno, actrices y demás, pero la tuya sólo presentaba fotos que habías obtenido tras mutilar algún AvionRevue (sólo si no destrozabas nada por detrás, claro). No es que no te atrajera el sexo opuesto (¿verdad?), pero te gustaba ver ese Tornado sobre la pista o esos dos Phantom en formación cada vez que ibas a buscar tus apuntes de Matemáticas. El blanco de las paredes de tu habitación dio paso a un empapelado casi completo de posters con los cazas del momento. La idea de pilotar uno de esos comenzaba a ser una opción de vida más que razonable. Las historias que oías sobre la vida de los pilotos comerciales tampoco te parecían nada mal. En cualquier caso cada vez tomaba más fuerza ese “¿por qué no me hago piloto?”.

Una afección que no remite con la edad.

Más de uno pensaría que esas cosas de críos se te pasarían al crecer y madurar. Pero nada más lejos de la realidad. Con la firme determinación de conseguir ser piloto, te las apañabas para que todo a tu alrededor terminara girando en torno a la aviación. Tus videojuegos favoritos eran siempre simuladores de vuelo, si algún compañero necesitaba las instrucciones de alguno que se acabara de copiar (aquellos juegos en cassette, a décadas de que se persiguiera la copia ilegal) sabía que tú, “el de los aviones”, se las podrías redactar en un par de tardes… “a ojo”. Tenías algunas películas de aviación cuyos diálogos podías recitar de carrerilla. Te gustaba dar largos paseos en bicicleta por la comarca, sobre todo en dirección a cierto campo de ULM que descubriste a dos o tres pueblos de distancia. Daba igual que no hubiera nadie, que fuera una triste pista de tierra compactada con un hangar viejo y cerrado. Sentarte allí en  una piedra a comerte un bocadillo, mirando la manga de viento mecerse, te parecía una buena forma de pasar la tarde, aunque no apareciera un sólo aparato. ¿A quién más le podría gustar eso?. Quizá al mismo que también disfrutaba montando maquetas de aviones, tantos como pudiste hasta terminarte todo el espacio en los estantes de tu cuarto.

Al final daba igual lo que hicieras. Todo giraba en torno a la aviación, todo lo que hacías tenía que ver de alguna forma con la aviación, elegías tus asignaturas pensando en dedicarte a la aviación, siempre estabas pensando en temas de aviación, ya fuera dormido o despierto siempre estabas soñando con la aviación. Sin duda sabías bien lo que era “estar en las nubes”.

Mirando al cielo

No puedes dejar de mirar, no puedes... no puedes...

¿Y al final, qué?

Llegada la vida de adulto, cuando toca sentar la cabeza, tal vez consiguieras hacerte piloto y, con ello, culminar el sueño de toda tu vida, sintiéndote el ser más afortunado de la Creación. Tal vez no lo consiguieras, “todavía no“, como te gusta recalcar, que aún tienes tiempo para conseguirlo. Hasta entonces nada ha cambiado en esencia. Habrás aprendido más, habrás visto más festivales y ya habrás podido volar unas cuantas veces. Con suerte incluso te hayas podido sentar un ratito en la cabina de algún caza, lo justo para probar la sensación y hacerte la foto. Seguramente ya serás capaz de “contenerte” un poquito ante el impulso de correr a la ventana a ver pasar un avión o quedarte embobado por la calle mirando al cielo. Pero si notas que el sonido es algo distinto de lo habitual tendrás que hacer un soberano esfuerzo para no dejar lo que estés haciendo, que con los años has ganado en autocontrol, pero por dentro todavía sigue intacto el instinto de averiguar qué avión es el que estás oyendo. De hecho consideras seriamente que una grabación con el motor de una Bücker, un Texan, un Spitfire… sería una música genial para llevar en el coche. Tal vez seas un incomprendido en tu entorno o tal vez te comprendan y se toleren tus “rarezas”, aunque no lleguen a compartirlas del todo. Alguien puede ver raro que a mitad de una conversación te “ausentes” unos segundos para contemplar un avión que pasa, pero a tí no te entra en la imaginación que alguien pueda ser sobrevolado por un caza y no se digne ni en girar la cabeza. Ya habrás volado en varias ocasiones, pero no te acostumbras a ese estado de euforia que te invade desde que compras el billete hasta horas después de regresar a casa tras el viaje, ni siquiera los regalos navideños de niño te aceleraban tanto el pulso como la sensación de traspasar una puerta de embarque. Seguramente en tu primer vuelo tenías que dominarte por no dar saltos sobre el asiento por la emoción, muy pocas experiencias en tu vida te han alterado tanto como aquella primera vez que rodabas por la pista, recuerdas lo confuso que era experimentar una sensación tan nueva… y a la vez tan conocida para tí, que sin necesidad de mirar sabías en cada momento lo que estaba ocurriendo, conocías la procedencia de cada ruido, intuías las comunicaciones de pilotos y controladores… Seguramente sólo tú sepas lo que te costó reprimir un par de lágrimas de alegría. Todavía hoy haces todos los viajes sin apenas despegar la cara de la ventanilla, tal vez a los demás les parezca curioso, como si fuera tu primera vez, pero en el fondo sabes que el problema lo tienen ellos, que prefieren leer su revista antes que observar las nubes desde arriba o prestar atención a los flaps, los alerones, los slats, los aerofrenos…

Niño piloto

A tu papá le gustan los aviones, ¿verdad?

Y lo mejor es que aún te queda mucho más por vivir. En un momento dado empiezan a llegar los hijos y los sobrinos, en un ejercicio de objetividad y sentido común no quieres influírles, pero a tu lista de anhelos se suma el que estas nuevas personitas compartan contigo tu afición. Aceptarás sus gustos y no los arrastrarás a ningún festival si no les apetece, pero el día en que con sus primeras palabras inteligibles te piden que les aupes para ver tus maquetas de aviones (se mira pero no se toca, ¿vale?) o que les pongas algún vídeo de patrullas acrobáticas, cuando se ponen a tu lado a ver cómo pilotas con el simulador… a nadie le pasa inadvertido cómo se te ilumina la mirada. Cuando llevas a alguno de ellos por sorpresa a un envento cualquiera, te causa verdadera emoción observar su reacción al ver su primer avión de cerca y al natural. Recuerdas perfectamente esas sensaciones de cuando eras pequeño (en cierto modo nunca has dejado de serlo) y te alegra poder proporcionarles la misma experiencia. No sabes muy bien si mantendrán la afición o si en el futuro tendrán otros intereses, pero por el momento te basta con verte un poquito reflejado en ellos.

¿Afición o instinto?

De todas las citas sobre aviación que se puedan mencionar, una de mis favoritas es aquella de Leonardo DaVinci, “cuando hayas probado el vuelo caminarás siempre con la vista en el cielo, porque ya has estado allí y deseas volver“. Esto es una gran verdad, una vez lo has probado todavía te da más envidia pensar en la gente que está al final de esa rayita blanca doble (o cuádruple) que ves ahí arriba. Sin embargo no explica por qué también miras al cielo antes de haber volado. Quizá eso ya entre en el terreno de la antropología, porque la frase de Leonardo es cierta para buena parte del siglo XX (o el XVIII si empezamos a contar desde el vuelo de los Montgolfier en globo), pero la fascinación por aquello que consiga volar se remonta seguramente a los albores de la humanidad, ¿o acaso no es tambien fascinante contemplar el vuelo de un pájaro?.

Encuentros en la Tercera Fase

Oye, hay JPA y exhibición nocturna en la Torre del Diablo, ¿alguien más se apunta?

Quizá de alguna forma la fascinación que despierta todo lo relacionado con el vuelo no sea más que una manifestación de otro instinto básico, de la misma forma que el medio acuático también tiende a atraernos poderosamente. Un ejemplo similar podríamos encontrarlo en el cine en “Encuentros en la Tercera Fase”, esa atracción o “llamada” que sentía el personaje de Richard Dreyfuss junto con otros, que sin saber por qué, necesitaban llegar a la Torre del Diablo como fuera. Seguramente en la práctica no será tan exajerado (o igual si, nunca se sabe), pero no se va demasiado. Un día lluvioso puede hacer que te suponga un esfuerzo titánico cruzar la calle para traer una barra de pan, pero no supondrá un obstáculo para irte a 300 Km a una JPA, aunque tengas que pasarte media mañana a cubierto bajo el ala de un F-18 y regreses empapado y al borde de una pulmonía. ¿Cuánta gente sería capaz de viajar 1000Km (ida + vuelta) en solitario y sin radio en el coche para ver una exhibición de sólo media hora?.

Y ya que he mencionado el instinto básico, aquí hay otro síntoma que hace que los amantes de la aviación seamos parezcamos unos bichos raros. Si estás en la tele haciendo zapping y ves a Sharon Stone tal vez te quedes ahí o tal vez pases a otro canal, pero si lo que sale es un avión, por algún motivo el mando se queda como bloqueado y no hay forma de salir de ese canal. ¿Contra natura? Pues depende de la natura de cada uno, ciertamente.

cruce

Hay cruces y cruces, el que provoque una mayor respuesta emocional determinará el grado de aerotrastorno.

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